Antes que ser la mejor amiga de Hannah Arendt y su albacea literaria, Mary McCarthy fue la poseedora de una mente inquieta que la hacía escribir sobre la política estadounidense -la invasión a Vietnam, por ejemplo-, estudiar filología y urdir tramas excéntricas para novelas que, de alguna manera, intentaban decir algo sobre la existencia -fantasmal, elusiva- del estilo de vida americano. En Pájaros de América, McCarthy habla de la conciencia moral estadounidense, o mejor dicho, de lo que los estaounidenses han pensado que es una tentación irredenta en ellos por hacer el bien, incluso si el mundo es malévolo y perverso. Porque los americanos tienen una imagen de sí mismos, que se empeñan en proteger cuando la reconocen en los ojos horrorizados de los extranjeros; porque los americanos poseen una particular forma de entender sus superioridad moral frente al resto del mundo. Si los franceses son misteriosos y los italianos generosos por naturaleza, ¡qué remedio!, a los americanos les tocó defender la virtud porque así lo quisieron Dios y los Padres Fundadores. La narración de McCarthy trata sobre el desgaste de los arquetipos nacionales, sobre cómo un chico de diecinueve años, Peter Levi, entiende que hacer el bien es, sobre todo, una tentación que más nos váldría resistir llevar a la práctica si no queremos pasar como desquiciados. Hijo de una pianista y un profesor de ciencia política, Peter viaja a París para estudiar filología, mientras es despreciado constantemente por los europeos que lo sienten demasiado americano, así como por los americanos que desprecian su refinamiento -su devoción por Kant- por ser algo demasiado europeo. Allí recibirá con tristeza las noticias de la gradual invasión de Estados Unidos a Vietnam. En París, Peter aprenderá que ser americano es portar el legado del protestantismo, del mulculturalismo y la lucha por los derechos civiles; pero también, que ser americano implica esa pretensión de superioridad moral que, a veces, es trágica y otras simplemente ingenua. Todas las acciones de Peter son medidas por él mismo con el rasero del imperativo categórico que indica considerar a los demás siempre como un fin y nunca como un medio. Pero, ¿tiene sentido comportarse como un arquetipo -incluso de la moralidad- en un mundo que ha padecido sus mayores desastres como producto de la reivindicación ciega de esos arquetipos?
Por tratar de alimentar a un cisne, Peter será herido en un brazo y pescará una infección que lo recluirá en el hospital en pleno día de San Valentín. En los delirios que le provoca la fiebre, Kant le comunicará algo más terrible que la muerte de Dios: la muerte de la Naturaleza. Esa entidad con la que Peter -medio judío, secular y laico- se sentía profundamente comunicado. Si la Naturaleza ha muerto, ¿qué sentido tiene regocijarse por la superioridad moral del americano, si ese gozo es sobre todo estético y producto del reconocimiento de la armonía del individuo con su circunstancia?
miércoles, 20 de febrero de 2008
viernes, 15 de febrero de 2008
Viendo los dilemas de crecer, correr y tropezarse
"No sabes lo mucho que te gusta tu casa, hasta que estás en un lugar ajeno y empiezas a sentir unos deseos irrefrenables de regresar a tu lugar de origen": estas sabías palabras son dichas por Juno McGuff en la película que lleva como título exte extraño nombre, otorgado por un padre devoto de la mitología griega. A ritmo de música folk y de algunas de las más hermosas composiciones de Belle & Sebastian, Juno se descubre embarazada a los 16 años, y a partir de allí intentará comprender qué es lo que hace que las personas se mantengan unidas a lo largo del tiempo, incluso si ella tiene la certeza de que el bebé que está creciendo en su interior estará mejor bajo el cuidado de otra persona. Crecer, correr y tropezarse; crecer, prepararse para la carrera y abandonar la línea de competencia porque es más bonito llegar a donde te espera la persona junto a la que puedes recostarte en silencio y bajar la guardia; crecer, guardar en la mochila chocolate y jugo de naranja, porque se necesita algo dulce para llevarse a la boca mientras se soba uno los raspones. A lo largo de la película de Jason reitman, a Juno le caerá sobre la cabeza, como balde de agua fría que se va entibiando, algo que ya sospechaba: que el amor es complicado, pero no difícil; que encontrar a la persona adecuada ("Quien cree que eres la octava maravilla del mundo, aunque evidentemente no lo seas") es el primer paso para interpretar a dúo una canción folk, triste y rabiosa, pero que produce un sentimiento parecido a la felicidad mientras se interpreta por quien uno considera debería ser nombrado la octava maravilla del mundo…
viernes, 1 de febrero de 2008
Leyendo la historia de sobrevivencia de un chico de nombre improbable y un tigre de Bengala en altamar
"Esta es una historia que te hará creer en Dios": lo mismo le dice un anciano indio a Yann Martel al bosquejarle de manera general la crónica de los hechos que llevaron a Pi Pattel de la comodida del zológico propiedad de su familia en Pondicherry, en la India, al desasosiego en las costas de México, despúes de haber pasado 227 días en la soledad de un bote salvavidas con la única compañía de un enorme tigre de Bengala de nombre Richard Parker. Yann Martel escribió Life of Pi para dar cuenta de la existencia de este curioso chico, de nombre improbable, quien aprendió a reconocer una misma imagen de Dios en las tres religiones distintas de las que era devoto -el catolicismo, el islamismo y el hinduismo. La parte central de la novela es la crónica desesperada, siempre al borde de un final trágico que afortunadamente nunca ocurre, del naufragio de Pi y su familia, después de que el padre ha decidido embarcarse hacia Canadá con parte de los animales de su zoológico, para buscar una mejor forma de vida. Una vez hundido el carguero Tsimtsum, Pi logra aferrarse a un pequeño bote salvavidas, al que también llega Richard Parker, quien irá despachando poco a poco a los otros acompañantes del chico indio, es decir, una hembra orangután con un instinto maternal exacerbado y una cebra con la pata rota que no hace sino sufrir en silencio la desventura de su mal. Sin muchas provisiones, con la amenaza constante de que Richar Parker lo devore, con el ánimo roto por la constante conciencia de estar al borde la muerte, hastiado por un paisaje compuesto de una sal que escuece la piel y de un sol que ciega, Pi tendrá que arreglárselas para sobrevivir. Pero, más importante para él, Pi tendrá que poner a prueba su fe, su capacidad de dar y recibir amor de forma desinteresada -atributos que él desde siempre ha vinculado con Dios- cuando la necesidad lo obliga a renunciar a casi todas las características de lo que él considera una existencia humana.
Hace mucho que el final de una novela no me ponía tan triste, tan dolido de que la historia de Pi terminará de una manera tan coherente con el resto de la narración, tan nostálgico porque la narración de Yann Martel no se prolongará por otras quinientas páginas para seguir acompañando a Pi en sus aventuras en altamar. Pero la novela concluyó, de una manera muy afortunada, y quizá no me hizo creer de nuevo en Dios -un atributo que perdí hace ya mucho tiempo- pero si confirmó mi fe en el poder de la literatura -de la ficción, del arte de narrar historias- para salvar la vida de un ser humano. Una gran novela. Una forma muy ingeniosa de devolver la discusión sobre la fe y los sentimientos religiosos al ámbito de la subjetividad y la tolerancia...
Hace mucho que el final de una novela no me ponía tan triste, tan dolido de que la historia de Pi terminará de una manera tan coherente con el resto de la narración, tan nostálgico porque la narración de Yann Martel no se prolongará por otras quinientas páginas para seguir acompañando a Pi en sus aventuras en altamar. Pero la novela concluyó, de una manera muy afortunada, y quizá no me hizo creer de nuevo en Dios -un atributo que perdí hace ya mucho tiempo- pero si confirmó mi fe en el poder de la literatura -de la ficción, del arte de narrar historias- para salvar la vida de un ser humano. Una gran novela. Una forma muy ingeniosa de devolver la discusión sobre la fe y los sentimientos religiosos al ámbito de la subjetividad y la tolerancia...
martes, 29 de enero de 2008
Leyendo sobre la fragilidad del bien y la vida humana
En la Antigüedad griega, la filosofía era definida como un ejercicio espiritual, como una forma de discutir entre amigos la mejor manera de vivir y cuáles son los atributos que convirten a la existencia en una vida auténticamente humana. Con el tiempo, la filosofía se volvió un ejercicio académico, que excluía a quienes tenían el atrevimiento de plantear la pregunta por el sentido de la vida. Pocos textos filosóficos tienen esa capacidad para hacernos sentir que en sus páginas se discute algo verdaderamente relevante para la vida, para nuestra vida. Esa sensación me ha ocurrido muy pocas veces: el Banquete de Platón, el Acerca del alma de Artistóteles, el Ensayo sobre el entendimiento humano de Locke, las Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime de Kant, la Conferencia de ética de Wittgenstein, La vida del espíritu de Arendt. Todas estas obras son ejemplos de filósofos profesionales rompiéndose la cabeza por entender qué es lo que hace a los seres humanos desear, odiar, cómo lo expresan en palabras y cuáles son las vías para reconciliarnos con un mundo que es hostil en muchos sentidos. Ahora, después de concluir la lectura de las más de quinientas páginas que integran La fragilidad del bien de Martha C. Nussbaum, tengo que incluir este texto junto a tan célebres obras que se preocupan por el sentido de la vida.
La fragilidad del bien abre y cierra con una misma imagen: la que compara a la vida humana con una vid frágil, recién brotada de la tierra y con una necesidad terrible de cuidado y protección para crecer sana y fuerte. Al inicio de la obra, esta imagen se desprende de los versos del poeta Píndaro, quien muestra la necesidad de construir una cultura humana para proteger la fragilidad de la vida humana, que para ser valiosa necesita la compañía de los demás; porque al margen de los muros simbólicos de la ley y la fraternidad, la capacidad de destrucción inherente a la libertad humana no tiene freno. Por eso, afirma Nussbaum, no es que los griegos fueran optimistas respecto de la virtud; al contrario, planteaban a la virtud (la moderación, la amistad, el deber de recibir al huésped en casa) como una forma de dominar el azar, sabiendo que aún Aquiles fue tratando con dureza por la fortuna que lo llevó a la derrota. Al final de La fragilidad del bien, es Polidoro, en la tragedia Hécuba de Eurípides, quien invoca la imagen de la vida humana como vid frágil. O, más bien, es el espectro de Polidoro, asesinado por Poliméstor, quien dice que la vida humana es despreciable por la facilidad con que los amigos se vuelven enemigos, con que la amistad se viola en nombre del interés personal. Poliméstor era el amigo más querido de Hécuba, y por eso le dejó encargado a su hijo Polidoro cuando ella tuvo que exiliarse. Y, sin embargo, Poliméstor reconoció la fragilidad de la vida de Polidoro, y no dudó en cortarla. Como puede verse, la conclusión de La fragilida del bien no es del todo optimista: si bien es cierto que la cultura griega antigua construyó una ética para dar sentido a una vida humana reconocida como frágil, Nussbaum afirma que existe un riesgo permanente para que esa comunidad de valores y amistad sea erosionada. Somos frágiles, y así lo cantan los versos de Píndaro; pero también somos susceptibles de herir la fragilidad ajena, como lo muestra la tragedia de Eurípides.
La fragilidad del bien abre y cierra con una misma imagen: la que compara a la vida humana con una vid frágil, recién brotada de la tierra y con una necesidad terrible de cuidado y protección para crecer sana y fuerte. Al inicio de la obra, esta imagen se desprende de los versos del poeta Píndaro, quien muestra la necesidad de construir una cultura humana para proteger la fragilidad de la vida humana, que para ser valiosa necesita la compañía de los demás; porque al margen de los muros simbólicos de la ley y la fraternidad, la capacidad de destrucción inherente a la libertad humana no tiene freno. Por eso, afirma Nussbaum, no es que los griegos fueran optimistas respecto de la virtud; al contrario, planteaban a la virtud (la moderación, la amistad, el deber de recibir al huésped en casa) como una forma de dominar el azar, sabiendo que aún Aquiles fue tratando con dureza por la fortuna que lo llevó a la derrota. Al final de La fragilidad del bien, es Polidoro, en la tragedia Hécuba de Eurípides, quien invoca la imagen de la vida humana como vid frágil. O, más bien, es el espectro de Polidoro, asesinado por Poliméstor, quien dice que la vida humana es despreciable por la facilidad con que los amigos se vuelven enemigos, con que la amistad se viola en nombre del interés personal. Poliméstor era el amigo más querido de Hécuba, y por eso le dejó encargado a su hijo Polidoro cuando ella tuvo que exiliarse. Y, sin embargo, Poliméstor reconoció la fragilidad de la vida de Polidoro, y no dudó en cortarla. Como puede verse, la conclusión de La fragilida del bien no es del todo optimista: si bien es cierto que la cultura griega antigua construyó una ética para dar sentido a una vida humana reconocida como frágil, Nussbaum afirma que existe un riesgo permanente para que esa comunidad de valores y amistad sea erosionada. Somos frágiles, y así lo cantan los versos de Píndaro; pero también somos susceptibles de herir la fragilidad ajena, como lo muestra la tragedia de Eurípides.
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Viendo las ambigüedades de la construcción de la identidad sexogenérica
Alguna vez leí sobre el proceso de formación de la identidad sexogenérica y cómo se despliega en tres niveles: el biológico, el identitario-cultural y el afectivo. Por un accidente de los cromosomas, nacemos con un sexo biológico. Conforme pasa el tiempo, aprendemos a desplegar toda una serie de comportamientos que la cultura asocia con ese sexo biológico, independientemente de que estemos de acuerdo o no con esa matriz cultural, si somos disidentes o practicantes de los códigos sexogenéricos que hemos heredado (aunque, como decía Hannah Arendt, esa herencia no haya venido precedida de ningún testamento). Finalmente, la biología y la cultura contribuyen (o conspiran) para que decidamos con quién elegimos relacionarnos sexoafectivamente. Por supuesto, este esquema deja muchas fisuras, pues no es claro que una forma de relación afectiva corresponda exclusivamente a una identidad biológica, o que la cultura no condicione una identidad que no es inamovible ni definitiva. Afortunadamente, las personas podemos cambiar nuestra identidad a lo largo del tiempo, no vincularnos definitivamente a una sola idea de nosotros mismos. Decía el filósofo político John Rawls que necesitamos de un espacio de libertades lo suficientemente amplio como para que un día nos vayamos a dormir convencidos de que Dios nos habla al oído, y al día siguiente nos despertemos vueltos los ateos más feroces. Por su parte, y defendiendo a su película The Crying Game de los conservadores, Neil Jordan señaló que lo que él quiso retratar es la idea de que la sexualidad no es una etiqueta que se pega a un frasco para guardarlo para siempre en la alacena, sino una cara que elegimos mostrar a los demás y que se va configurando a lo largo de toda la vida. El único ser plenamente satisfecho sexualmente, es quien ya no puede desear y ser sorprendido por su propio deseo, y esó sólo sucede estando muertos.
Parte de todo este proceso de construcción de la identidad sexogenérica es lo que plantea Lucía Puenzo en su película XXY. Lo mejor que se puede decir de esta obra es su intención de no ofrecer una conclusión definitiva sobre los dilemas éticos que plantea (¿qué se hace cuando uno ha nacido con las características biológicas de ambos sexos?, ¿cómo se contribuye a limpiar el camino de prejuicios para intentar construir una identidad que sea el producto de una auténtica elección?, ¿cómo se vive ese proceso en medio de una comunidad que es reacia a cualquier forma de cambio, particularmente los que tienen que ver con el ejercicio de la sexualidad?). XXY muestra todas las ambigüedades que rodean el crecimiento de una persona en un mundo que, desde el momento del nacimiento, genera expectativas que pueden significar daños permanentes en la conciencia del recién llegado. En XXY, los caminos de la identidad se bifurcan, y esas nuevas rutas a su vez desarrollan nuevos ramales que hacen a las personas dolerse de vivir en un mundo tan prejuicioso, que censura automáticamente cualquier proceso de experimentación con la identidad. Paradójicamente, la autonomía de la elección a la hora de decidir cuál es nuestro sexo biológico, cómo enfrentamos una cultura que se plantea en blanco y negro en términos de género y con quién nos relacionamos afectivamente, parece imposible en un mundo que se define, precisamente, por su cohesión a partir del prejuicio y la exclusión.
Parte de todo este proceso de construcción de la identidad sexogenérica es lo que plantea Lucía Puenzo en su película XXY. Lo mejor que se puede decir de esta obra es su intención de no ofrecer una conclusión definitiva sobre los dilemas éticos que plantea (¿qué se hace cuando uno ha nacido con las características biológicas de ambos sexos?, ¿cómo se contribuye a limpiar el camino de prejuicios para intentar construir una identidad que sea el producto de una auténtica elección?, ¿cómo se vive ese proceso en medio de una comunidad que es reacia a cualquier forma de cambio, particularmente los que tienen que ver con el ejercicio de la sexualidad?). XXY muestra todas las ambigüedades que rodean el crecimiento de una persona en un mundo que, desde el momento del nacimiento, genera expectativas que pueden significar daños permanentes en la conciencia del recién llegado. En XXY, los caminos de la identidad se bifurcan, y esas nuevas rutas a su vez desarrollan nuevos ramales que hacen a las personas dolerse de vivir en un mundo tan prejuicioso, que censura automáticamente cualquier proceso de experimentación con la identidad. Paradójicamente, la autonomía de la elección a la hora de decidir cuál es nuestro sexo biológico, cómo enfrentamos una cultura que se plantea en blanco y negro en términos de género y con quién nos relacionamos afectivamente, parece imposible en un mundo que se define, precisamente, por su cohesión a partir del prejuicio y la exclusión.
domingo, 20 de enero de 2008
Viendo las ensoñaciones de Milos Forman sobre las ensoñaciones de Francisco Goya
Todos los grandes directores filman, de alguna u otra manera, la misma película. Es una misma obsesión lo que siempre mueve a los cineastas a ensayar la historia que por fin capture esa constante personal. "Quien puede vivir sin filmar lo que le obsesiona, mejor que no filme", dijo alguna vez Arturo Ripstein. Por eso, para los propios creadores, sus películas siempre serán fallidas, pues éstas no logran conjurar esa obsesión que define el sentido de su trabajo artístico. Esto es evidente en el caso de Milos Forman, quien desde el comienzo de su carrera se ha propuesto escenificar el conflicto del individuo frente a las demandas de la sociedad. "Sólo un dios o un animal es autosuficiente; los seres humanos necesitamos de los demás para llevar una vida buena", sentenció Aristóteles. Pero, ¿qué sucede cuando es el conformismo o la doble moral de la comunidad lo que genera, en ciertos individuos con la capacidad de disentir de su tiempo, el deseo de alejarse de esa potencial zona de confort que es la sociedad? ¿Cómo se lleva una vida buena cuando ésta exige, desde la propia visión del mundo, un alejamiento de quienes exigen la uniformidad y el conformismo? Mozart fue un genio prematuro a quien las bondades cortesanas encumbraron y perdieron. Larry Flint exigía que la ley defendiera su derecho a expresar libremente sus ideas, aun y cuando éstas fueran profundamente misóginas. El Maqués de Sade expuso públicamente la personalidad del pequeño libertino que todos llevamos dentro. En "Goya's Ghosts", es el pintor español quien se enfrenta a los horrores de su siglo, al sueño de la razón que produce monstruos y no sabe cómo domarlos. La inquisición, los ideales revolucionarios pervertidos, la represión sexual son, precisamente, los fantasmas que acosan a Goya y le permiten agradecer la sordera que lo aquejó al final de su vida, misma que lo privó de tener que escuchar opiniones que de todos modos despreciaba...
domingo, 13 de enero de 2008
Escuchando un track de 70 minutos compuesto por Daft Punk
Escuchando el disco en vivo de Daft Punk publicado el año pasado, caí de nuevo en la sensación de querer tener de fondo un track que pudiera extenderse por 5 minutos, 2 horas, 5 días, e incluso que siguiera de fondo hasta el final de los días. Como si pudiera componerse una pieza con todas las variaciones, con todos los colores musicales, para integrar un territorio que primero es un bosque, luego se convierte en un desierto, después pasa a ser un paisaje nevado y, finalmente, vuelve a verdear como al inicio de la primavera. Un track eterno, o al menos, tan eterno como pueden extenderse 70 minutos de estupenda música de Daft Punk...
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